No mas buses nocturnos
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No más buses nocturnos

Me dije a mí mismo que no más buses nocturnos, pero aquí estoy. Hace varios días que llegué a Natal. Llegué cansado y arrastrando una gripe mal curada desde Buenos Aires (no se iba la tos). Me quedé, peor que afónico: sin voz. ¡Mi tos era muda!. Necesitaba reposar. Descansé. No hice practicamente nada y… «¡mano de santo!». Madrugada del miércoles, 17 de Agosto. Otra vez en ruta. Sigo más hacia el norte. En busca del sol. Voy camino de Canoa Quebrada, cerca de Fortaleza. He leído que es un pueblo pequeño, de 2800 habitantes. Fue un asentamiento hippie, pero hoy se ha convertido en otra cosa -dicen-. «Rodoviária».

Así se llaman, en Brasil, -creo- las terminales de bus («onibus» -aquí-). Compré un paquete de galletas, una botella de agua y pagué la tasa de la terminal (3 y algo BRL). El billete, me dijo el de la taquilla que lo podía comprar al subir al bus. Así fue (44BRL= 20€). Obrigado!. Eran las 23:00 y llegaba con el tiempo justo. El reloj, el de dentro del bus, ahora marca 01:41 am, pero no es verdad: Son en realidad las 03:10 de la madrugada. 22º. El bus va casi vacío. Todo está oscuro y en silencio. Fuera hay luna. Ilumina unas nubes muy oscuras y un cielo negro. Desde la ventana del bus, se ve pasar también la silueta de la vegetación. De vez en cuando, alguna luz. Alguna bombilla anaranjada y sin fuerza en la puerta de entrada de alguna finca cercana a la carretera

Dentro del bus, ni una luz. Totalmente oscuro. El asiento de mi lado está libre. La poca gente que hay, aparentemente duerme. Todos, menos yo. Silencio

Solo el traquetéo del bus y un móvil que avisa que se queda sin batería. El bus sale de la vía por la que iba. Toma un camino oscuro, bacheado, hacia… no sé. Todo sigue oscuro y no veo. Después de algunos minutos, se detiene. Llegamos a algo parecido a un viejo y abandonado polígono industrial. Sin luz. Deshabitado.

Estoy, otra vez más, en medio de la nada. Ni idea de dónde. Alguien baja del bus al oir algo que dice el conductor y que no es «Aracatí». Se escucha el ruido de la apertura de la puerta de la bodega del bus. Hablan. Reemprendemos la marcha. ¿Seguirá ahí el resto del equipaje? Voy a tratar de dormir un poco… Espero atento a la pronunciación en portugués de «Aracatí».

Es lo que tengo que oir para bajar. Cuando llegue, me quedará otro «omnibus», esta vez, hasta Canoa Quebrada. Sólo 13km más (1,15 BRL). Eso será, cuando el reloj -el mío, no el del bus- marque más o menos las 4:30. Son las 3:50 am aún…

© Ramón Núñez | 2011