Siempre quise ser Arquitecto
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Siempre quise ser Arquitecto

Siempre quise ser arquitecto. Jordi, un amigo de Barcelona (España) -arquitecto-, me dijo entre risas: «quien vale, arquitecto y quién no, abogado» (yo soy abogado). De niño jugaba horas con esos juegos de construcción por piezas. Recortaba cinta adhesiva y la pegaba en la mesa del comedor, a modo de límites de parcela o líneas que figuraban la calle y, después, construía una y mil veces «la casa». Lo peor era que «mi obra» siempre fue fugaz. Perecía poco antes de la hora de la cena, justo cuando me obligaban a sacar todo aquello de la mesa

¡Inconvenientes de niño en una minúscula vivienda familiar! En cambio, ¡qué suerte tienen los arquitectos o los estudiantes de arquitectura! La posibilidad de dejar algo para la posteridad, y en un idioma universal, significa también tener la opción de ejercer en cualquier parte del mundo (los abogados, en general, ejercen allí donde las leyes tienen su ámbito de aplicación, que suele ser el país dónde se estudió)

Además, viajar por el mundo y reconocer lo que hicieron otros, identificar las curiosidades arquitectónicas de cualquier edificio, sus materiales y texturas, su composición y morfología, su poética… por humilde que sea la edificación, con sus matices técnicos, debe ser, un lujo!

Recomiendo a todos viajar y ver. Viajar no es desplazarse. Hay gente que dice que viaja, pero en realidad sólo sé desplaza. Los arquitectos y los futuros arquitectos tienen más abierta la mente y más sensibilidad para viajar que el resto. Les es mucho más productivo, muy necesario, casi imprescindible -diría yo-. Todo lo que ya saben, más lo que absorven, lo pueden transformar de manera personal en sus proyectos.

¿Quién más puede hacer eso? ¿Qué otro profesional podría? ¡Qué importante es proyectar! Dice el diccionario de la RAE, en una de sus acepciones, que proyectar es «idear, trazar o proponer un plan y los medios para ejecutar algo», y se entiende que antes hay que tener elementos intelectuales propios dentro de uno, innatos, adquiridos y/o desarrollados para poder hacerlo (conocimientos, habilidades, etc.).

En una palabra . Dejar para la posteridad algo pensado, ideado, configurado y hecho por el saber de uno, tiene que ser algo muy íntimo, una recompensa vital muy difícil de cuantificar.

Algunos pensarán que quizás jamás tendrán la oportunidad de proyectar algo propio. Pero «quizás» y «jamás» nunca fueron el nombre de ningún buen consejero. Tal cual lo veo, existe una gran diferencia entre «tener la posibilidad de», esto es, una expectativa, aunque sea a futuro incierto y «no tener la posibilidad de»

Apostemos, de entrada al «sí», porque la posibilidad existe y nos cuesta lo mismo y es más rentable enfocar la opción que nos guste, aunque solo sea por aquello del pensamiento positivo (a lo que añado: el «sentimiento» positivo). No obstante, a los que dudan, los que no lo ven, siempre les quedará otra posibilidad: la del Derecho y la disciplina del urbanismo y el inmobiliario en general. Justo lo que me queda a mí. Jordi, se parte de la risa… ?

© Ramón Núñez | 2011