Machita
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Machita

Hubo alguien muy importante en mi vida -con la que conviví unos años-, y a la que, en la ruptura, después de arreglar la única y estúpida discusión de nuestra vida en común -por el piano-, en el instante final, en aquel momento del adiós, le pregunté si se estaba dando cuenta de que aquella era la última vez que hablábamos. Era difícil de creer que fuera así, sobre todo porque durante los años que había durado nuestra relación, nos llamábamos varias veces al día para decir «nada» (¡yo mucho más!, ¿sería por eso que rompimos?) incluso en los meses que ella estuvo en Tokyo!, lo cual me costaba un dineral, y otras veces, -nunca se lo dije- porque me encantaba oirla quejándose dulcemente, cuando supuestamente, yo, no encontraba algo en casa.

Me respondió a mi pregunta aquella vez con un «no seas melodramático» -ya, sin ni pizca de dulzura-. Han pasado algo más de 7 años de aquella que fue nuestra última conversación… al parecer, «melodramática»: ¡Amén! Ayer, salvando mucho las distancias, tuve, de manera súbita, esa misma sensación de cierre. Apareció el nudo en el estómago que se siente cuando uno se acerca al vacío. En esta ocasión, las circunstancias no tienen nada que ver, y además, no creo realmente que nunca más volvamos a contactar, sin embargo, sí creo que muy difícilmente volveremos a coincidir. Ayer, algo en mí me dijo que llegó el momento final, que se iba, que se evaporaría pero, esta vez, no sin más y sería una casualidad reencontrarse.

Hubiera querido darle -para que se la llevara a su otro lado del mundo- una de mis pulseras, las que me han acompañado todos estos meses . En vez de comprar un regalo, algo que gustase tener, hubiera querido entregarle algo mío. Sencillo y muy humilde, pero mío. Dar algo tuyo es como una señal de respeto pidiéndo que se comprenda lo importante que fue estar junto a esa persona y lo importante que sigue siendo. Cualquiera de mis pulseras, sin valor económico, llevan lo bello del lugar donde se incorporaron a mí. Llevan también mi tiempo, mi voluntad, mi concentración, mi sudor, mis descubrimientos y experiencias, mis ideas y pensamientos, mi coraje, muchos miles de kms. recorridos,… y el tacto de mi piel. Reí, lloré, temí y saqué mi valor con ellas en mis muñecas

Abrí y cerré algunas puertas llevándolas. Forman parte de un cambio de ciclo. Son el icono de mi punto y a parte. Porque prefiero la libertad más que otra cosa, es lo que busco, es lo que exijo, y también es lo que entregaría con ella. Es saber que se está conmigo aunque no se esté a mi lado. Es hacer saber que se está ahí, con el corazón, pero también con la mente. Es, sobre todo, saber que todo sigue bien; esto último es lo ÚNICO que me vale. Sin embargo, como fue imposible y no pude regalar ninguna de mis pulseras en mano -como me hubiera gustado-, dije, una vez más, toda mi verdad: «no me compensa verte», «no quiero verte». Suena extraño, yo lo sé, pero es que prefiero no ver que se va…

Es lo de «ojos que no ven, corazón que no siente». Porque si veo esa partida, aunque sólo sea un ratito, extrañaré mucho más y echaré muchísimo más de menos. Porque aunque nos despidamos mucho rato, apoye su mejilla en la mía -como suele hacer mientras me abraza-, o me regale muchos de sus besos, dará igual: ahora, ya todo me va a saber a poco. Porque es como ese sol de verano que brilla y calienta como ningún otro y del que uno solo espera que se quede cuánto pueda al llegar el otoño… En aquella vez, la de «la ex», me hubiera gustado oir cualquiera otra respuesta y, además, estaba deseando equivocarme con mi «melodramática» predicción. Esta vez, no esperaba ni respuesta, pero en cambio, me respondieron, con dulzura, diciéndo que no será así y que me equivoco. Que con certeza, algún día, nos volveremos a ver seguro, nos daremos un abrazo enorme y será como si el tiempo no hubiera pasado… -¡tal cual!-. Yo no sé quién de los dos tendrá la razón, pero de momento: ¡Amén! -también-.

Natal (Brasil), 13 de Agosto de 2011. Once y dieciocho de la noche.

© Ramón Núñez | 2011