Nada tiene que ver
Nada tiene que ver con haber llegado a casa. Lo mío viene ya de mucho antes. Lo que me pasa es que no soy feliz del todo (¿mala noticia?? ¡que no cunda el pánico!) pero también, al mismo tiempo, afirmo que no soy, para nada, infeliz (¡buenísima noticia!!).
No creo aquellos que dicen ser siempre desgraciadamente infelices. Menos aún los que dicen ser plenamente felices: ¡Mienten! ¡Todos! Nadie tiene todos los elementos del universo para ser totalmente feliz, ni mucho menos para ser tortuosamente infeliz… ¡afortunadamente!, en ámbos casos. Leí en un libro de Eduardo Puset que el mayor logro de la humanidad en los últimos 150 años no ha sido ni la penicilina, ni la llegada del hombre a la luna, ni internet, ni -añado yo- que España ganara el mundial! (esto último roza más el milagro
El mayor logro de la humanidad, en este último siglo y medio, ha sido la longevidad: La esperanza de vida. Hace 150 años la gente se moría de muerte natural con menos de 50 años y si nos vamos hacia atrás en el tiempo, con 40, 30… Hoy, en cambio, ya no es excepcional que haya personas en el mundo de más de 100 años. Con esta misma proporcionalidad, en el próximo siglo, la evolución nos llevará a que las personas vivan 140, 150 o 160 años… ¡fascinante!, aunque como todo, también tiene dos lecturas. Una es que la esperanza de vida viene dada por nuestro bienestar en general, nuestras condiones de vida más saludables, higiénicas, etc., y eso, es bueno
Por contra, una serie de factores nos afectan directamente como «ratitas» en un laboratorio: El cuerpo humano aún no está adaptado a esta evolución y eso hace que en él surjan alteraciones celulares (enfermedades como el alzheimer, el cáncer, etc.) que nuestro organismo -ni la ciencia- aún no es capaz de resolver. También aparecen otras «mutaciones», esta vez mentales, que se incorporan a esta vida nuestra más longeva, creando necesidades vitales como puede ser el sentimiento de felicidad. Y es que antes, con reproducirse y alimentarse… ¡estaba todo hecho!, y si te morías a los 30 o 40, ¿para qué te ibas a preocupar por tu felicidad? ¡No daba tiempo
A veces pregunto a mis amigos cómo están del «0 al 10». Nunca nadie me dió un «0», ni tampoco nunca nadie un «10». ¡Mis amigos son gente normal! Si imaginamos una gráfica de la felicidad donde la línea «0» es «no siente ni padece» y por encima de esta del «0» ponemos todo lo positivo (+) hasta el «+10» punto máximo de felicidad, y por debajo del «0», todo lo negativo (-) hasta el «-10» de infelicidad límite, la curva personal, por lo general, siendo «normal», tiende a subir y a bajar cruzando el «0»…¡sin detenerse nunca en ningún punto concreto! Es decir: a veces bien, a veces mal
Lo ideal sería oscilar suavemente entre subidas mantenidas en el tiempo y, por supuesto, también bajadas puntuales, pero momentáneas. Las bajadas son tan importantes como las subidas. Si me pongo «triste» por una despedida, bajando al «-3», conseguiré saborear la «alegría» y subir al «+3» por el reencuentro (yo creo que mucho más!). ¡Compensa!. Si desconozco lo negativo, no sabré valorar lo positivo (como esos niños malcriados que lo tienen todo y por eso no valoran nada…). Hasta aquí, todo esto, lo sabemos. No obstante, el truco, a mi entender, está en saber valorar y saborear en su justa medida lo negativo
. Me atrevería a decir que hasta… ¡disfrutarlo! No desesperarse estando «mal», ni tampoco perder el control objetivo de la situación. Por otra parte, sobre todo, estar atento a los pequeños detalles cotidianos que nunca ponemos en la parte positiva de la gráfica. Nos fijamos más en lo negativo (a veces, sólo en lo negativo) porque la infelicidad nos altera más. Lo negativo forma parte del total de la gráfica. Existe porque si no, no existiría lo positivo y llegaría un momento en el que estar muy feliz constantemente, sin alteraciones, nos instalaría en el cero de la gráfica para siempre, es decir, sin sentir ni padecer. ¡Nos acostumbraríamos a lo bueno! Es como el Sol y la Luna.
Puede que sean antagónicos, uno en lado del mundo y otro, en el otro; uno en una parte de la gráfica y el otro en la otra. Aparece el uno cuando se va el otro -salvo en los eclipses-. Muy poquitas veces coinciden en el día a día, y si lo hacen, es de manera muy leve, pero ¿están o no en el mismo plano, en el mismo mundo?
La felicidad y la infelicidad igual. Firman parte del «todo» de nosotros y, lo uno, no tiene lugar ni sentido sin lo otro. El contrapunto es importante. Equilibrar esas fuerzas, tratar que los caminos se unan en uno mismo convirtiéndolos en el de la normalidad, es -creo yo-, lo bonito de esto. Y a pesar de ello, conseguidos y unidos en una sola vía, ¡la tarea no se acaba!: el reto apasionante es…
¡Mantenerse ahí! Nadie nace sabiendo. Navegar con placer por este camino hacia la felicidad, no se consigue en un día. Se trata de poner la vela de nuestro barco aprovechándo el viento en beneficio del rumbo que uno ha decidido. El viento sopla por donde sea y no debe hacernos cambiar el rumbo. Puede que por momentos altere la velocidad, pero no el rumbo
A veces, es cierto, hay que lidiar con más de una amargura que descoloca, pero forma parte de este juego vital y, aunque duela a ratos, es preferible que sea así: subidas y bajadas que enriquecen, a modo de experiencias, niestro abanico sentimental haciéndonos «alguien» especial, particular, concreto y distinto a los demás.
Este tipo de dolor forma parte de la vida. Como cuando uno hace deporte, que si no se sufre un poquito parece que no haga efecto y luego no te sientes bien. Se parece a lo de generar las famosas endorfinas que te hacen sentir bien incluso en el momento de sufrimiento (y lo bueno además es que duran hasta más allá deel fin de la sesión ejercicio).
¡Como un orgasmo! -los franceses lo llaman «la petite mort» -porque es eso, un placer que se genera siempre en el momento de éxtasis en el que involuntariamente dejamos de respirar, nos auto-asfixiamos en ese preciso instante -hay gente que pierde el conocimiento- (los jadeos previos, la hiperventilación, la respiración ahogada, la aceleración del pulso, etc.).
Ese «sufrimiento» corporal equilibrado con placer da sentido a todo y la felicidad se extiende más allá de ese momento. ¡Qué bueno ese sufrimiento!, ¿no? Está claro, de momento, no tengo ningún interés en llegar a ser «absolutamente feliz» (por supuesto, menos aún, infeliz).
Me interesa más seguir disfrutando del camino hacia la felicidad que la felicidad en sí misma. No es conformismo.
De hecho, si pudiera elegir, optaría siempre por esto tal cual está. Eso sí, en este camino, se trata -creo yo- de aprender a no tener picos en la gráfica, o a controlarlos si se tienen. A que las subidas sean altas y largas en el tiempo, aunque no desproporcionadas, y por otro lado, que las bajadas sean suaves y lo más fugaces posible.
Es decir, siguiendo la gráfica imaginaria, que las oscilaciones se alejen del «cero» sin llegar al tope, ni de arriba ni de abajo, sino ondulando por la línea del medio. Conseguir el objetivo personal, laboral, empresarial, económico o amoroso, no tiene sentido por sí mismo si no disfrutamos en el camino, tanto de los avances como de los retrocesos.
¿Quién sabe? ¡A lo mejor mañana se avanza! Nadie dijo que el oficio de vivir iba a ser un camino de rosas, pero tampoco nunca nadie dijo que sería una tortura con espinas. Si cada día es un suplicio, entonces, algo no funciona y, o cambiamos el objetivo, o cambiamos de vida. ¡Feliz vuelta de las vacaciones!
© Ramón Núñez | 2011